Sin palabras…

Nuestro tiempo es evocar. Edificar las tumbas de nuestros antepasados. Las anteriores generaciones miraron a Dios y a la naturaleza cara a cara; nosotros miramos a través de sus ojos. Por qué no hemos de poseer también un concepto original del cosmos; por qué no hemos de tener una inspiración y una ideología de visión, no de tradición, y una religión formada por revelación hecha a nosotros mismos y no por la historia de las suyas; puestos por una época en comunicación con la naturaleza, cuyos regatos de vida manan a nuestro contorno y nos invitan con las fuerzas que despliegan a obrar en proporción a la naturaleza, esa que hemos de examinar; el sol brilla hoy también. Hay más grano y maíz en los campos. Hay nuevas tierras, nuevos hombres, nuevas ideas. Atendamos a nuestros trabajos, a nuestras leyes y a nuestros instintos.

Para entrar en soledad un hombre necesita tanto retirarse de su habitación como de la sociedad. Yo no soy solitario mientras leo y escribo, aunque nadie está conmigo. Pero si un hombre quiere estar solo, que mire a las estrellas. Las chispas que brotan de estos galácticos mundos le apartarán de las cosas mediocres.

Las estrellas estimulan innegable reverencia, porque, aunque siempre presentes, son siempre inaccesibles; más todos los objetos naturales producen una impresión similar cuando el espíritu está dispuesto a recibir su influjo. La naturaleza nunca ostenta apariencia sórdida. Ni el hombre más sabio descifra todo su secreto. El encantador paisaje que vi esta mañana está indudablemente compuesto de unas quince fincas. Suso posee este campo, miguel aquél, y diego el arbolado de más allá. Pero ninguno de ellos posee el paisaje. Hay en el horizonte una propiedad que ningún hombre posee, sino, aquel cuyos ojos pueden formar todas las partes. Esta es la mejor parte de las fincas de estos hombres; y, no obstante, a esto no les dan derecho sus títulos territoriales.

Para hablar con sinceridad, escasas personas pueden ver la naturaleza, quizá por el mundo que les toco en suerte, las grandes metrópolis, las medianas y pequeñas ciudades, y los pueblos aunque estos últimos quizá si acceden más fácil a ella; aunque los mencionados anteriormente no es que no la conozcan, sino, más bien que no la sienten de una forma llámemelo familiar. La mayoría de las personas no ven el sol. Al menos lo ven muy superficialmente. El sol sólo ilumina el panorama del hombre; el apasionado de la naturaleza es aquel cuyos sentidos interiores y exteriores están ajustados uno a otro. Su comunicación con los cielos y la tierra forma parte de su alimento diario. En presencia de la naturaleza penetra al hombre un goce fogoso, a pesar de las tristezas existentes. Disfrutando de buena salud, el aire es amable, sopla como de costumbre, solo que esta vez trae el aroma de arepa quemada que se hace en leña en la casa que está bajo mi, estando sobre el terreno liso, ya sin esos arbustos que solían acompañarme; todo producto de la feroz mano del hombre contra la naturaleza; con la cabeza humedecida por el aire alegre y levantada hacia el infinito espacio, toda vil egolatría se desvanece, y me convierto en un observador innato. Lo veo todo. Temo pensar en lo contento que estoy.

En la soledad encuentro algo más apreciado y propio que en las calles o pueblos. En el tranquilo paisaje, y especialmente en la línea lejana del horizonte, el hombre mira algo tan bello como su propia naturaleza. Qué espíritu celestial invento estas espléndidas decoraciones, estos sabrosos adornos, esta masa de agua de aire arriba, esta masa de agua abajo, este firmamento de tierra entre nosotros, esta cantidad de luces, este cobertizo de nubes, esta multitud de climas, esta repetición de años.

Con razón mi madre solo cree en medicinas naturales y es que la naturaleza es medicinal. El comerciante, el operario, el docente, sale del ruido y contaminación de la ciudad, y escapa de ella en busca de tranquilidad, y ve los pájaros, las montañas, lo verde de la naturaleza, y es hombre nuevo. En su eterna calma, se encuentra a sí mismo. La salud de la vista parece solicitar un horizonte. Nunca nos molestamos, mientras conseguimos ver suficiente.

Pero en otras horas, la naturaleza satisface al alma claramente por su hermosura y sin ninguna mezcla de beneficio físico. Un día seguramente para algunos es una cosa de locos, pues lo hice, quizá fue la motivación de una amiga, y una noche en vela, fue la que me condujo hacia el espectáculo de la mañana, desde la cúspide de la montaña que está frente a mi casa, desde el alba hasta la salida del sol, con emociones que un loco pudiera participar. Las largas palancas delgadas de las nubes flotan como pescados en el lago de la luz escarlata. Desde la tierra, contemplaba yo el silencioso mar. Y allá abajo gente moviéndose, unos que se levantan de nuevo a sus respectivos trabajos, otros que madrugan a la imperiosa labor del ejercicio, quizá vanidad o salud o mejor los dos, y aquí yo que participaba de las rápidas transformaciones de la mañana; cómo nos honra la Naturaleza en unos pocos segundos.

Bueno, quizá no cumplí con el objetivo del trabajo, además creo que el profesor no busca imponernos un método de estudio rígido, sino, más bien estimularnos a escribir lo que se siente, se ve, y en muchas ocasiones ver más allá, sentir más allá, y quizá no es una crónica, quizá nunca redacte en tercera persona, pero, es que al tocar el tema de la naturaleza, no me lo permite mi vaga personalidad, no expresar lo que he sentido y siento de ella, soy un privilegiado de la vida por verme permitido vivir en el campo, sus aromas, sus climas, sus ruidos, sus silencios, sus irreverencias, todo en ella es bello.

Identidad ignota

La escena fue horripilante, 11:11 pm Rionegro, Antioquia, la noche llega rápidamente, mientras las nubes cubren la decadente luna; que endeble pero brillante, ilumina la triste ciudad, solo hubo frio, y el viento que susurraba entre las calles, dejando escapar un alarido urbano que acostumbrados nadie dio lugar. Pero yo no. Yo tenía que estar alerta. Porque nadie anda seguro en este país, una curiosa nota de silencio que se mancha en los muros, fue interrumpida por el fuerte estéreo de un carro que se aproxima cada vez más; deja ver que en esta ciudad se respira un sofocante aire seco y frio, son fantasmas que han encontrado un refugio y que tras el humo industrial escapan de la ciudad para descansar; yo continúo mi recorrido en busca del parqueadero donde reposa mi moto; hasta que me tope con dos jóvenes dándose cariño, algo normal en este siglo, al sentir mi presencia se separaron, pero, mas fue mi estupor al ver la cara de uno de ellos, era Sebastián.

Es un hombre de estatura media, suele llevar ropa holgada, lo que oculta su buen estado físico. Tiene el pelo castaño y un poco luengo ya, con cejas cargadas, de pestañas color negro, de ojos claros que presentan, el carisma, las ilusiones, que están recorriendo en su ser. Por lo general, luce un aspecto un tanto desaliñado y de andar por casa. Es impetuoso e impaciente. Hosco con las mujeres, porque es muy tímido; hosco con los hombres, porque es muy competitivo. Sin embargo, cuando empieza algo no para hasta que lo termina, y jamás rompe una promesa. Es alguien en quien se puede confiar. Ese ere el Sebastián que yo conocía no el que se oculta en la noche para saciar sus más recónditos secretos, esos que quizá en muchas ocasiones nunca dejamos ver notoriamente, cuando tenemos un problema de identidad.

Se dice que la identidad sexual es un proceso psíquico, algo social cultural que se realiza mediante la intervención de una serie de modelos ofrecidos por la familia, la sociedad la cultura; que la identidad implica ser semejante, parecido a otros, que cada varón, que cada mujer se construyen de conformidad a otras mujeres y varones que se encuentran en el entorno familiar y social. Sólo al ser humano le corresponde este privilegio que hace que su sexualidad sea única e irreconciliable con cualquiera otra
Quien era aquel hombre que nunca mas volví a ver en mi vida, aquel que se escabullo como las culebras, que se oculta como los búhos, aquel, ese aquel que existe sin siquiera saber quién es, era el novio de mi hermana; ella jamás volvió a saber de él, nunca hubo una explicación, una llamada, un mensaje, se fue de la vida de ella sin plantear razones, dejándola abandonada como a un perro en la ruta.

Yo continué mi recorrido hacia el parqueadero, sin siquiera mirar atrás, pague la cuenta y salí en la moto despavorido por lo que había acabado de presenciar, nunca le comente nada a mi hermana, y lo único que creo saber es que a veces la vida resulta mentirosa, ella es cruel, no queda más que mirarla a los ojos y con un retraído movimiento fehaciente de cabeza admitir sus designios.


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